viernes, 19 de agosto de 2011

La eternidad

Que vengas a cuidarme y me traigas un vaso de agua limpia, me ayudes a tomarla, sagrada y lentamente. Que me arropes y me acaricies la cabeza, me mires tranquila y apagues la luz. Que dejes tu olor conmigo. Que vea la luz del pasillo encendida y te note respirar incluso lejos, en el limpio salón de nuestra casa. Que me imagine tu pelo desenvolverse lentamente mientras yo deslizo el velo del sueño y entro en él. Que repose sobre mi pecho la paz que hemos recogido juntos, un animal y una hoja de un árbol siempre verde. Que vengas a verme cuando duerma, y me recojas el aliento, te sientes a mi lado besándome la mano y me veles recostada junto a mi, sin decir ni hacer, dejando reposar el mundo y la noche, nuestra vida. No haría falta despertarse, no haría falta más. Que todo se detuviese y se fosilizase, que fuésemos una roca indestructible hasta la eternidad, en un suspiro de reposo compartido

La funciones del cuerpo

Dormido, evaporado y puro. Por dentro contenido, tan real y callado. Absorbido por el sueño, un brillo encerrado le tintinea debilmente en las pestañas. Me quedo a mirar.

Las funciones básicas del cuerpo continúan su ritmo orgánico, el paso de la vida silencioso. El calor de los órganos, la tensión circulatoria de la sangre caliente, el estómago y los intestinos calientes, el cerebro palpitante y caliente. Y arropado por la piel, ligeramente caliente y viva. Continúa la órbita celeste imperturbable rodeándole.

Duerme, sueña interminablemente un círculo sin memoria ni rastro de poesía. Se vierte por el ombligo en posición fetal hasta acabarse. Las funciones del cuerpo continúan mucho tiempo después, a veces para siempre. El amor es mudo, incombustible. El sol en el espacio

martes, 16 de agosto de 2011

Paseo con la compra

En una mano, una bolsa de plástico semitransparente hecha de almidón de patata, biodegradeble de 0,02 cent de € donde llevo la compra: Una limonada sin refrigerar, unos kiwis envasados en bandeja, pan integral light sin corteza y una rodaja fresca de emperador. Mi cena equilibrada en soledad.

La otra mano libre, remando el viento de mi costado izquierdo, haciendo el giro perfecto de la mano que camina y acompaña al cuerpo. Subo por la cuesta. El sol de Agosto está tamizado por nubes blancas y espesas que parecen derretirse y convertirse en almíbar, en caramelo negro al tocar el suelo.

Llevo unas alpargatas de verde apagado y esparto ibicenco. Un short de Zara blanco a rayas azules finas. Un cinturón de cuero trenzado a mano, de un viejo amigo del pueblo que aprendió a curtir mientras se desintoxicaba. Una camisa crema del algodón más fino que existe, casi vapor, aroma de vainilla. Unas gafas de cristal negro y montura de acero sin marca que me encontré en mi viaje por la costa azul aquel verano eterno de playas y sal entre tus muslos.

Desde los balcones vacios parece sonar una canción hermosa de berbena, una rumba fácil y melancólica como las que sonaban en mi pueblo cuando empezaba a anochecer. Siento tantísimo calor y emoción sin explicar. Siento arder, un cristal en la boca, el metálico sabor de la sangre escurrir vertiginoso. Siento el pico de un ave penetrar en mi corazón, separando sin criterio ni cuidado, el dolor de la felicidad.

Hombrecitos

Pequeños hombrecitos quejándose con sus vocecillas de los minúsculos problemitas que turban su lindo caminar. Hombrecitos miopes y solubles. Hombrecillos en miniatura, con mascotas de papiroflexia y dinero de papel. Maquetas de sus casas, de sus coches, maquetas de sus ciudades y de sus países. Hombrecitos en la tele, de cartón y plástico reciclado, de relleno, de broma, haciendo bulto en un fondo difuminado.
Señoritos figurines revolviéndose un poquito, pidiendo perdón otro poquito. Caballeretes aplaudiendo, sonriendo en un espejo relimpio. Figurines perfectamente en perfección, tan graciosos y elocuentes, tan dignísimamente sentados en su sitio, revoltosos a la hora del recreo, hablan de su mamá si lloran.
Hombrecitos bordados y también de caramelo en el feliz jardín de las delicias.

Llegar a casa

Vago y lento, con el murmullo del avión aterrizando metido en la cabeza. Sin hambre. Tiro las llaves sobre la mesa y me quedo quieto, como si esperara que alguien me levantase alzándome y me llevase a una cama que no fuera la mía.

Mi casa no huele, no es de nadie. Tengo siete mensajes en el contestador, cinco son de mi madre y dos de mi pobre abuela sola y gorda, mezclada con el sofá y la tele. Estampada de flores secas. Del grifo sólo sale agua caliente. Suena una Bachata desde la calle. Me tumbo en el sofá en posición fetal y cierro los ojos. Sigo viendo demasiadas cosas.

Otros

El niño de Capote que se queda mirando en Otras voces, otros ámbitos, el pecho dulce y blanco de Meryl Streep en los Puentes de Madison, la punta del bolígrafo que dibuja cuerpos y sangre en la libreta Moleskine de Patrick Bateman, la abrumadora conmoción del olfato para Grenouille en el Perfume, un paño blanco que guardaba Sinuhé el Egipcio en un cajón de ébano, un Chianti para brindar en la bodega del Conde de Montecristo, el olor a caballo de Rocinante bajo el sol manchego, el final del grito, ya sin aire ni pronunciación humana, de Hamlet, el bellísimo bordado del vestido de la princesa de Drácula, las fotos sumergidas en el arroyo del sueño de Stalker, el cuento del fortín que Barry Lyndon cuenta a su hijo por última vez, el whisky que sin fuerza sujeta Bill Murray en Lost in translation, el tacto rugoso de las palabras que pronuncia Emma Thompson en Amar la vida, la sangre de la perra de Pascual Duarte, el casco de hierro abollado de Aguirre y la cólera de Dios, la ciudad ciega y de noche en Ensayo sobre la ceguera.  Mi marcapáginas de Vermeer detenido en la misma página sin letras